San Pedro y San Pablo

San Pedro y San Pablo
EL APOCALIPSIS Y LAS PROFECÍAS DEL FIN DEL MUNDO

LOS 144000 EN EL MONTE SIÓN

INTERPRETACIÓN  CAPÍTULO XIV

“Tuve otra visión: el Cordero estaba de pie sobre el monte Sión, acompañado de ciento cuarenta y cuatro mil personas que llevan su nombre y el nombre de su Padre escrito en la frente. Un rumor retumbaba en el cielo como el ruido de torrentes caudalosos o de estruendosos truenos. Era como un coro de cantores que cantan acompañándose con arpas. Es el canto nuevo que se canta delante del trono, en presencia de los cuatro vivientes y de los veinticuatro ancianos. Y nadie lo puede aprender sino los ciento cuarenta y cuatro mil que han sido rescatados de entre los de la tierra. Estos no pecaron con mujeres, pues son vírgenes. Estos son los que siguen al Cordero adondequiera que vaya; éstos fueron los primeros rescatados de entre los hombres, para ser de Dios y del Cordero. Su boca no supo de mentiras, son vírgenes. Después vi un ángel que volaba en lo más alto del cielo, portador de un mensaje de eterna felicidad para anunciarlo a los habitantes de la tierra, a toda nación, raza, lengua y pueblo. Clamaba con fuerza: ‘Rindan a Dios honor y gloria, porque llegó la hora de su juicio. Adoren al que hizo el cielo, la tierra, el mar y las fuentes’.  Otro ángel lo siguió, gritando: ‘Cayó, cayó Babilonia la grande, la prostituta que dio de beber a todas las naciones y las emborrachó con su vino’. Un tercer ángel pasó después, clamando: ‘Si alguien adora a la bestia o su imagen o se hace marcar en la frente o en la mano, éste también tomará el vino puro del furor de Dios, que ya está preparado en la copa de su enojo. Sufrirá el suplicio del fuego y del azufre en presencia de los ángeles santos y del Cordero. Por los siglos de los siglos se eleva el humo de sus suplicios. No, no hay reposo para ellos ni de día ni de noche, tanto para los que adoraron a la bestia y su imagen como para el que lleva la marca de su nombre’. Esta es la hora de la paciencia para los santos, para los que guardan los mandatos de Dios y la fe de Jesús. Del cielo alguien dijo: ‘Escribe esto: Felices desde ahora los muertos, si han muerto en el Señor. Sí, dice el Espíritu, que descansen de sus fatigas, pues sus obras los acompañan’ Yo miraba. Apareció una nube blanca y sobre la nube como un hijo de hombre sentado, llevando en la cabeza una corona de oro y en la mano una hoz afilada. Entonces un ángel salió del Santuario y le habló bien fuerte al que estaba sentado en la nube: ‘Lanza tu hoz y cosecha, porque es el momento de cosechar, la cosecha de la tierra está madura’. Y el que estaba sentado en la nube lanzó su hoz a la tierra e hizo la cosecha. Un ángel, que también llevaba una hoz afilada, salió entonces del santuario celeste, al mismo tiempo que del altar salió otro, el encargado del fuego. Este gritó al que llevaba la hoz afilada: ‘Lanza tu afilada hoz y cosecha los racimos en la viña de la tierra, porque ya están maduros’. Entonces el ángel lanzó la hoz e hizo la vendimia, echando toda la uva en el gran lagar de la cólera de Dios. Las uvas fueron exprimidas fuera de la ciudad, y del lagar salió sangre que llegó hasta los frenos de los caballos, en una superficie de mil seiscientos estadios”

El monte Sión es una colina situada en Jerusalén en las afueras de la ciudad antigua. Hoy en día, en esta colina se puede hallar: La tumba del rey David y el cenáculo, el recinto donde Nuestro Señor celebró la última cena. De esta manera, en el anterior pasaje apocalíptico, el “monte Sión” hace referencia a la Iglesia fiel a Cristo. La alianza nueva y eterna, entre Dios y su pueblo, es sellada por el cuerpo y la sangre de Cristo en la última cena. La última cena es la primera eucaristía. La eucaristía es el sacramento de nuestra fe. Nuestra fe es patrimonio de nuestra Iglesia. Nuestra Iglesia es: Una, santa, católica, apostólica y romana. Cristo reina sobre la Iglesia porque Cristo es la cabeza de la Iglesia. Dios reina en el corazón de la primitiva comunidad cristiana perseguida por el sanguinario imperio romano. La represión, las cadenas y la muerte no alcanzan el templo interior de cada hombre, donde Cristo comunica su espíritu. Cristo es el Cordero de Dios. Así es, y así está escrito:

“Tuve otra visión: el Cordero estaba de pie sobre el monte Sión

Quizás, el mensaje central del Apocalipsis es: Estar en el mundo sin ser del mundo. Los santos de todos los tiempos han sido, sin duda, los más fieles practicantes de este mensaje. Estar en el mundo sin ser del mundo es vivir de acuerdo al evangelio, a pesar de toda contradicción, persecución y tentación. A través de la historia universal, este ha sido el gran reto de la cristiandad. No es tarea sencilla vivir, plenamente, el evangelio en un mundo que se ha olvidado de Dios. No es tarea fácil rechazar la tentación en una sociedad que ha divinizado el placer y el sexo. Aún así, no es imposible. En Cristo Jesús todo lo podemos. Los amigos de Dios, los santos, han dado solemne testimonio de que sí es posible. San Juan rinde un cálido homenaje a los santos de todos los tiempos, cuando escribe:

“Tuve otra visión: el Cordero estaba de pie sobre el monte Sión, acompañado de ciento cuarenta y cuatro mil personas que llevan su nombre y el nombre de su Padre escrito en la frente”

La cifra equivalente a “ciento cuarenta y cuatro mil personas" se refiere a la multiplicación aritmética de:

12 x 12 x 1000 = 144000

En las sagradas escrituras, el número doce designa al pueblo de Dios, pues son doce las tribus de Israel y son doce los apóstoles del Cordero. La multiplicación de 12 x 12 hace referencia a la universalidad de la Iglesia de Cristo en la Tierra. Nuestra Iglesia Católica es universal. La palabra católico reafirma nuestra identidad porque católico significa universal. El número mil, en la anterior expresión matemática, corresponde a la forma, en la cual, San Juan profetiza la aparición de un sin número de salvados de toda nación, raza, lengua y pueblo. Aquel que vive en gracia de Dios y es templo del Espíritu Santo lleva el nombre de Cristo escrito en su frente. Son los santos los que llevan grabado, en su interior, el sello de Dios, el Espíritu Santo. Es el Espíritu quien da vida porque es el Espíritu quien entrega amor. Solo mediante el amor es posible la vida. El odio engendra venganza, guerra y muerte. Ora a Dios para que te llene con el  Espíritu Santo y así tengas vida eterna y puedas cantar y alabar a Dios por toda una eternidad, como está escrito:

“Un rumor retumbaba en el cielo como el ruido de torrentes caudalosos o de estruendosos truenos. Era como un coro de cantores que cantan acompañándose con arpas. Es el canto nuevo que se canta delante del trono, en presencia de los cuatro vivientes y de los veinticuatro ancianos. Y nadie lo puede aprender sino los ciento cuarenta y cuatro mil que han sido rescatados de entre los de la tierra. Estos no pecaron con mujeres, pues son vírgenes. Estos son los que siguen al Cordero adondequiera que vaya; éstos fueron los primeros rescatados de entre los hombres, para ser de Dios y del Cordero. Su boca no supo de mentiras, son vírgenes”

Los “cuatro vivientes”, mencionados en el fragmento anterior, corresponden a los ángeles de Dios, los cuales sirven y adoran al Señor del universo por toda la eternidad. Los “veinticuatro ancianos” hacen referencia a los profetas y patriarcas del antiguo testamento más los doce apóstoles del Cordero. La expresión “Y nadie lo puede aprender sino los ciento cuarenta y cuatro mil que han sido rescatados de entre los de la tierra” nos habla del premio que recibe todo aquel que entra a formar parte del coro celestial en el Reino de los Cielos. Este premio es la vida eterna. La vida eterna es, en realidad, nuestro único tesoro. Trabajemos todos los días de nuestra vida para alcanzar la salvación en el reino que perdura para siempre: El Reino de los Cielos.

La palabra virgen, en el anterior pasaje apocalíptico, corresponde a la pureza de espíritu que se debe tener para poder ver a Dios. Solo los puros de corazón pueden ver a Dios. Esta pureza se ve reflejada, entre otras cosas, en una correcta disciplina sexual y en un rechazo permanente a la idolatría. La primitiva comunidad cristiana rechazaba el culto al césar romano, so pena de ser sentenciada a muerte. Nosotros, también, estamos llamados a renunciar a la idolatría sugerida por los actuales medios de comunicación, los cuales rinden culto: A la fama, al dinero, al poder, al escándalo, etc. Así es, porque así está escrito:

“Con todo, en Sardes quedan algunos que no mancharon sus ropas; éstos me acompañarán vestidos de blanco, pues ellos lo merecen. El vencedor vestirá de blanco. Nunca borraré su nombre del libro de la vida; más bien lo proclamaré delante de mi Padre y de sus ángeles”
Apocalipsis 3, 4 - 5

“En ella no entrará nada manchado. No, no entrarán los que cometen maldad y mentira, sino solamente los que están escritos en el libro de la vida del Cordero”
Apocalipsis 21, 27

“Felices los de corazón limpio, porque ellos verán a Dios
San Mateo 5, 8

El anuncio fiel del evangelio de Nuestro Señor Jesucristo, a través de todos los tiempos, encarna el auténtico “mensaje de eterna felicidad”. Las palabras del evangelio son palabras de vida eterna. No escuchemos las voces de miles de pastores protestantes que se contradicen unos a otros porque, sencillamente, interpretan la palabra de Dios de acuerdo a sus propios intereses personales. Escuchemos, más bien, la voz del magisterio de la Iglesia que es: Una, santa, católica, apostólica y romana. El magisterio de la iglesia católica se encuentra en el Catecismo Mayor escrito por San Pío X. Por eso, está escrito:

“Después vi un ángel que volaba en lo más alto del cielo, portador de un mensaje de eterna felicidad para anunciarlo a los habitantes de la tierra, a toda nación, raza, lengua y pueblo”

El evangelio de Nuestro Señor Jesucristo ha de ser anunciado por todos los rincones del mundo entero antes de la segunda venida de Cristo a la Tierra. En aquel terrible momento Dios vendrá con sus ángeles, en el esplendor de su gloria, para juzgar a vivos y a muertos. Por eso, alaben al Creador del universo con su propio comportamiento de vida, no sea que se vean sus vergüenzas y sean arrojados al lago de fuego y azufre, donde el gusano no muere y el fuego no se apaga. Así es, porque así está escrito:

“Esta Buena Nueva del Reino será proclamada por todas partes del mundo para que la conozcan todas las naciones, y luego vendrá el fin
San Mateo 24, 14

“Clamaba con fuerza: ‘Rindan a Dios honor y gloria, porque llegó la hora de su juicio. Adoren al que hizo el cielo, la tierra, el mar y las fuentes’… Un tercer ángel pasó después, clamando: ‘Si alguien adora a la bestia o su imagen o se hace marcar en la frente o en la mano, éste también tomará el vino puro del furor de Dios, que ya está preparado en la copa de su enojo. Sufrirá el suplicio del fuego y del azufre en presencia de los ángeles santos y del Cordero. Por los siglos de los siglos se eleva el humo de sus suplicios. No, no hay reposo para ellos ni de día ni de noche, tanto para los que adoraron a la bestia y su imagen como para el que lleva la marca de su nombre’ “

En el infierno, definitivamente, no está Dios. Ni Cristo, ni los ángeles observan el suplicio eterno de las almas condenadas en el infierno. Sólo en el último juicio será posible saber el destino eterno de todos los seres humanos que han existido desde la creación del universo. Sólo en el juicio final será posible ver la cara de espanto y desesperación de todos los condenados, cuando sea dictada la sentencia definitiva en presencia de Cristo y sus ángeles. Así será, porque así está escrito:

“si tu ojo es para ti ocasión de pecado, sácatelo. Pues es mejor para ti que entres con un solo ojo en el Reino de Dios, que no con los dos ser arrojado al infierno, donde el gusano no muere y el fuego no se apaga”
San Marcos 9, 46 - 48

“El Hijo del Hombre enviará a sus ángeles para que quiten de su Reino todos los escándalos y saquen a los malvados. Y los arrojarán en el horno ardiente. Allí será el llanto y el rechinar de dientes”
San Mateo 13, 41 - 42

Sufrirá el suplicio del fuego y del azufre en presencia de los ángeles santos y del Cordero. Por los siglos de los siglos se eleva el humo de sus suplicios. No, no hay reposo para ellos ni de día ni de noche”

En el infierno el alma grita de dolor a cada instante, a cada momento, porque el espíritu es atormentado por toda la eternidad. El tormento es un fuego que quema y destruye, incesantemente, el interior del alma. Este es un fuego que no se apaga y que nunca querrás experimentar. En el infierno sentirás tristeza, remordimiento y odio. Sentirás una profunda tristeza al saber que nunca verás a Dios. Será peor que haber perdido al hijo más querido y saber que nunca más lo volverás a ver. El dolor de perder a Dios será tan grande que el remordimiento te acompañará por toda la eternidad. Nunca, jamás, tendrás descanso. La culpa te consumirá a través de la desesperación eterna y definitiva. En el infierno, el odio que experimentarás será tan grande que tus dientes rechinarán de rabia. Cuando una terrible pesadilla asalta tu sueño te despiertas y te levantas asustado de la cama. Es muy diferente el infierno, de donde nadie se puede despertar. Estar rodeado por demonios y por el mismísimo diablo, no será una experiencia que algún día quieras tener, porque está escrito:

“Entonces el diablo, el seductor, fue arrojado al lago de fuego y azufre, donde ya estaban la bestia y el falso profeta. Su tormento durará día y noche por los siglos de los siglos”
Apocalipsis 20, 10

“El Hijo del Hombre enviará a sus ángeles para que quiten de su Reino todos los escándalos y saquen a los malvados. Y los arrojarán en el horno ardiente. Allí será el llanto y el rechinar de dientes
San Mateo 13, 41 - 42

"Al oír este reproche se enfurecieron y rechinaban los dientes contra Esteban. Él, lleno del Espíritu Santo, fijó sus ojos en el cielo, vio la gloria de Dios y a Jesús a su derecha y declaró: 'Veo los cielos abiertos y al Hijo del Hombre a la derecha de Dios'. Pero ellos, con grandes gritos, se taparon los oídos y todos juntos se lanzaron contra él; lo sacaron fuera de la ciudad para apedrearlo"
Hechos 7, 54 - 57 

Para ir a parar al infierno no hay que hacer mayor esfuerzo, son anchas las puertas que llevan a la perdición. Todo aquel que se olvida del amor a Dios o a sus hermanos durante su corta vida terrenal, gana, para sí mismo, la condenación eterna durante el resto de su vida inmortal. El mundo actual, tal y como lo conocemos, es la bestia que muchos adoran. La sociedad contemporánea le rinde culto: Al placer, al poder, a la riqueza, a la fama, etc. Hoy en día, estas pasiones son proclamadas por los actuales medios de comunicación como: La verdadera felicidad del hombre. De esta manera: El cine, la televisión, la internet, la radio, la prensa escrita, etc. representan la imagen de la bestia. Desgraciadamente, son muchos los que quieren ser famosos. Son muchos los que quieren ser adorados, reconocidos, respetados. Son muchos los que pelean por el poder porque el poderoso es el que disfruta, a manos llenas, de riqueza y placer. Son pocos los que quieren cargar la cruz de Cristo. Son pocos los que escogen la puerta angosta. Por eso, la advertencia de Dios es clara y contundente:

“No, no hay reposo para ellos ni de día ni de noche, tanto para los que adoraron a la bestia y su imagen como para el que lleva la marca de su nombre”

La marca del nombre de la bestia representa el estado permanente de pecado en el cual viven muchos hombres y mujeres materialistas, que han perdido su propia conciencia. Estos hombres y mujeres son muertos vivientes que se limitan a adorar aquello que es temporal y efímero. Cielos y Tierra pasarán, pero las palabras de Cristo no pasarán. Todo llega, todo pasa, solo Dios queda. Santa Teresa lo proclama mucho mejor, como ella misma lo escribe:

Nada te turbe,
nada te espante,
todo se pasa,
Dios no se muda,
la paciencia
todo lo alcanza.
Quien a Dios tiene
nada le falta.
¡ Sólo Dios basta !

La expresión “Otro ángel lo siguió, gritando: Cayó, cayó Babilonia la grande, la prostituta que dio de beber a todas las naciones y las emborrachó con su vino” será analizada, detalladamente, en la interpretación del Capítulo XVIII.

El Apocalipsis es un libro, especialmente, escrito por San Juan para dar ánimo, valor y esperanza a la primitiva comunidad cristiana en medio de la tribulación. En los primeros años del cristianismo, la persecución contra la Iglesia de Cristo era, sencillamente, brutal. Entre los primeros emperadores romanos que atacaron, despiadadamente, a la cristiandad se encuentra Nerón. Según algunos historiadores de la época, fue Nerón el autor intelectual del incendio que destruyó gran parte de la capital romana hacia el año 64 d.C. Para alejar de sí las culpas, Nerón acusó a los cristianos y ordenó que algunos fueran arrojados a los perros, mientras que otros fueron quemados vivos y crucificados. Hoy en día, la persecución continúa. En el mundo actual, son muchos los gobiernos comunistas y musulmanes que persiguen, sistemáticamente, a la cristiandad. Por eso, no son extraordinarias las palabras de San Juan, cuando escribe:

“Esta es la hora de la paciencia para los santos, para los que guardan los mandatos de Dios y la fe de Jesús. Del cielo alguien dijo: Escribe esto: Felices desde ahora los muertos, si han muerto en el Señor. Sí, dice el Espíritu, que descansen de sus fatigas, pues sus obras los acompañan”

Jesucristo es el buen sembrador que cultiva la palabra de Dios en el corazón del hombre. El que no escucha la palabra de Dios arderá en un fuego que no se apaga. Jesucristo vendrá de nuevo en el fin del mundo para juzgar a vivos y a muertos. Como el segador corta el trigo con la hoz afilada y separa la paja del buen fruto, así también, Cristo separará a los justos de los pecadores en el juicio final. Así será, porque así está escrito:

“… Pero otro viene  después de mí y más poderoso que yo y ¿quién soy yo para sacarle el zapato? El los bautizará en el fuego, o sea, en el soplo del Espíritu Santo. El tiene en sus manos el harnero y limpiará su trigo, que guardará en sus bodegas; pero la paja la quemará en el fuego que no se apaga
San Mateo 3, 11 - 12

“Yo miraba. Apareció una nube blanca y sobre la nube como un hijo de hombre sentado, llevando en la cabeza una corona de oro y en la mano una hoz afilada. Entonces un ángel salió del Santuario y le habló bien fuerte al que estaba sentado en la nube: ‘Lanza tu hoz y cosecha, porque es el momento de cosechar, la cosecha de la tierra está madura’. Y el que estaba sentado en la nube lanzó su hoz a la tierra e hizo la cosecha”

En la eucaristía se consagra el pan y el vino. El pan es fruto del trigo. El vino es fruto de la vid. Cristo siembra en nuestro corazón la palabra de Dios a través de la eucaristía. La santa misa es la comunión con el cuerpo y la sangre de Cristo. Misa es un término de origen latino que significa enviar. A través de la santa misa, Dios nos envía al mundo para que produzcamos frutos de vida eterna. Permanezcamos en gracia de Dios, recibiendo, frecuentemente, el cuerpo y la sangre de Nuestro Señor Jesucristo. Luchemos todos los días de nuestra vida para producir frutos de vida eterna. No sea que Dios nos encuentre relajados en el más terrible de todos los días: El día del juicio final. Por eso, está escrito:

“Un ángel, que también llevaba una hoz afilada, salió entonces del santuario celeste, al mismo tiempo que del altar salió otro, el encargado del fuego. Este gritó al que llevaba la hoz afilada: ‘Lanza tu afilada hoz y cosecha los racimos en la viña de la tierra, porque ya están maduros’. Entonces el ángel lanzó la hoz e hizo la vendimia, echando toda la uva en el gran lagar de la cólera de Dios. Las uvas fueron exprimidas fuera de la ciudad”

Los vinicultores llaman “vendimia” a toda la recolección de la cosecha del fruto de la vid. Los sembradores de uvas llaman “lagar” al recipiente donde se pisa la uva para obtener el mosto, que más tarde será fermentado para obtener el vino. En el fin del mundo lloverá fuego del cielo: “al mismo tiempo que del altar salió otro, el encargado del fuego”. Después del fin del mundo se realizará la gran vendimia, es decir, la gran asamblea de vivos y muertos. En aquel terrible día, la figura de este mundo desaparecerá y Cristo separará la uva buena de la uva podrida. Cristo recogerá la cosecha de la uva buena para guardarla y pisoteará la uva podrida en “el gran lagar de la Cólera de Dios”. No querrás hacer parte de la uva podrida. No querrás ser arrojado por fuera de la ciudad santa bajada del Cielo: La nueva Jerusalén. La nueva Jerusalén será el nuevo Cielo y la nueva Tierra. Allí ya no habrá llanto, ni dolor. Todo será luz y alegría. La Jerusalén celestial reunirá toda la Iglesia fiel a Nuestro Señor Jesucristo. Los elegidos serán ovejas de un mismo pastor porque solamente habrá una sola Iglesia. Así será, porque así está escrito:

“tengo otras ovejas que no son de este corral. A ellas también las llamaré y oirán mi voz; y habrá un solo rebaño como hay un solo pastor”
San Juan 10, 16

Yo soy la vid verdadera, y mi Padre el viñador. Si alguna de mis ramas no produce fruto, él la corta; y limpia toda rama que produce fruto para que dé más. Ustedes ya están limpios: la palabra que les he dirigido los ha purificado. Permanezcan en mí y yo permaneceré en ustedes. Como la rama no puede producir fruto por sí misma si no permanece en la planta, así tampoco pueden ustedes producir frutos si no permanecen en mí. Yo soy la vid y ustedes las ramas. Si alguien permanece en mí, y yo en él, produce mucho fruto, pero sin mí no pueden hacer nada. El que no se quede en mí, será arrojado afuera y se secará como ramas muertas: hay que recogerlas y echarlas al fuego, donde arden”
San Juan 15, 1 - 6

“Entonces el ángel lanzó la hoz e hizo la vendimia, echando toda la uva en el gran lagar de la cólera de Dios. Las uvas fueron exprimidas fuera de la ciudad, y del lagar salió sangre que llegó hasta los frenos de los caballos”

Los caballos salvajes, que cabalgan por la llanura, no tienen freno, ni mucho menos bozal en el hocico. Un caballo, únicamente, tiene freno cuando tiene dueño o lo monta un jinete. Así, la expresión “y del lagar salió sangre que llegó hasta los frenos de los caballos” se refiere a los castigos señalados en la profecía de los cuatro jinetes del Apocalipsis. Antes de la segunda venida de Cristo a la Tierra, cuatro serán los castigos que recaerán sobre toda la humanidad: La espada, el hambre, la peste y las fieras. Estos cuatro signos aparecen mencionados en el Apocalipsis, como está escrito:

“y detrás de él montaba otro: el lugar de los muertos. Se le dio permiso para exterminar la cuarta parte de los habitantes de la tierra por medio de la espada, del hambre, de la peste y de las fieras
Apocalipsis 6, 8

La espada se refiere a las grandes guerras mundiales, dos de las cuales ya han hecho su terrible aparición. Si la espada, el hambre y la peste son los signos fundamentales que harán antesala al Día de la Ira de Dios, las fieras serán el horroroso síntoma del advenimiento del fin del mundo. Las fieras representan el poder perseguidor anticristiano y el falso profeta, los cuales a su vez, apuntan, directamente, al último anticristo. La profecía referente al último anticristo está  explicada, detalladamente, en el link correspondiente a Las Profecías del Fin del Mundo.

El término “estadio“ designa una medida utilizada por los pueblos antiguos para medir las grandes construcciones, como los coliseos romanos. El estadio romano era igual a 185 metros. El número 40 simboliza los cuarenta años que los israelitas peregrinaron por el desierto hacia la Tierra prometida. Cuarenta días es el periodo de tiempo que permaneció Nuestro Señor Jesucristo en el desierto antes de ser tentado por el maligno. La expresión equivalente a “mil seiscientos estadios” corresponde a una superficie de terreno muy grande, como se aprecia en la siguiente expresión matemática:

40 x 40 estadios = 1600 estadios

El texto correspondiente a “mil seiscientos estadios” designa, al mismo tiempo: El planeta Tierra creado por Dios y el desierto de la vida por el cual caminamos todos. El desierto de la vida llega a su fin con la muerte. En tiempos de Noé, la gente comía y se casaba. Cuando llegó el diluvio se los llevó a todos, excepto a Noé y a su familia. Los habitantes de Sodoma y Gomorra vivían tranquilos en medio de su homosexualismo y sus borracheras. Aún así, cayó fuego del cielo y todos fueron quemados vivos, a excepción de Lot y su familia. El mundo actual vive peor que las antiguas ciudades de Sodoma y Gomorra. El mundo actual está muy relajado y piensa que Dios no ve, ni oye nada. El problema aquí es que mil seiscientos estadios también designa el planeta Tierra creado por Dios con todo lo que hay en él. Tanto en el Día de la Ira de Dios, como en el fin del mundo, el Creador del universo hará justicia y hará estremecer la Tierra con todo lo que hay en ella. Entonces, los necios y pecadores desearán no haber nacido cuando conozcan su sentencia final y definitiva. Ni el Día de la Ira de Dios, ni el fin del mundo, serán tan horribles como un solo día en el infierno, donde el gusano no muere y el fuego no se apaga. Dios, en su infinito poder y sabiduría, apresura el Día de la Ira de Yahvé y el fin del mundo para que muchos se conviertan y sean salvados y no tengan que ir a parar al infierno. El infierno existe y es mucho más real que el mundo que te rodea. No esperes más, conviértete a Cristo Jesús. Tú no sabes ni el día, ni la hora, en los cuales tu corazón dejará de latir. Tú no sabes ni el día, ni la hora, en los cuales Dios hará sentir su cólera sobre toda la humanidad. Tú no sabes ni el día, ni la hora, en los cuales la faz de este mundo desaparecerá y serán juzgados los vivos y los muertos. Lo único que sabes es que debes vivir, permanentemente, en vigilante espera y en gracia de Dios. Así es, porque así está escrito:

“Porque, después de esos días de angustia el sol se oscurecerá, la luna perderá su brillo, caerán las estrellas del cielo y el universo entero se conmoverá. Entonces aparecerá en el cielo la señal del Hijo del Hombre; mientras todas las razas de la tierra se golpeen el pecho, verán al Hijo del Hombre viniendo en las nubes del cielo, con el poder divino y la plenitud de la gloria”
San Mateo 24, 29 - 30

“¿Por qué es rojo tu vestido, y por qué te vistes como quien pisa en el lagar? En el lagar he pisado yo solo, y nadie de mi pueblo estaba conmigo. Sí los he pisado con rabia y los he pisoteado con furor, su jugo salpicó mis vestidos y he manchado toda mi ropa. Porque había preparado el día de mi desquite y el año de mi venganza había llegado. Miré a mi alrededor y me asombré: no había quién me ayudara. Así es que no conté más que con mi brazo y mi enojo me dio fuerzas. Aplasté con rabia a los pueblos, los pisé con furia, e hice correr su jugo por la tierra”
Isaías 63, 2 - 6

“Entonces el ángel lanzó la hoz e hizo la vendimia, echando toda la uva en el gran lagar de la cólera de Dios. Las uvas fueron exprimidas fuera de la ciudad, y del lagar salió sangre que llegó hasta los frenos de los caballos, en una superficie de mil seiscientos estadios

Señor Padre Todo Poderoso y Eterno permite la conversión de los pecadores de este mundo. Dadnos santos sacerdotes, santos religiosos y laicos santos comprometidos con tu Iglesia. Te lo pido por los méritos de la pasión y muerte de Nuestro Señor Jesucristo, quien vive y reina contigo en la unidad del Espíritu Santo, y es Dios, por los siglos de los siglos. Amén.

PRÓLOGO

ANTECEDENTES HISTÓRICOS E INTERPRETACIÓN

CAPÍTULO I - Versículos Uno al Tres: COMIENZO DEL APOCALIPSIS

CAPÍTULO I - Versículos Cuatro al Ocho: SALUDO A LAS IGLESIAS DE ASIA

CAPÍTULO I - Versículos Nueve al Once: PRESENTACIÓN DE JUAN A LAS IGLESIAS

CAPÍTULO I - Versículos Doce al Veinte: VISIÓN DE JUAN DE JESUCRISTO GLORIOSO Y RESUCITADO

CAPÍTULO II - Versículos Uno al Siete: MENSAJE A LA IGLESIA DE ÉFESO

CAPÍTULO II - Versículos Ocho al Once: MENSAJE A LA IGLESIA DE ESMIRNA

CAPÍTULO II - Versículos Doce al Diez y siete: MENSAJE A LA IGLESIA DE PÉRGAMO

CAPÍTULO II - Versículos Diez y ocho al Veinte y nueve: MENSAJE A LA IGLESIA DE TIATIRA

CAPÍTULO III - Versículos Uno al Seis: MENSAJE A LA IGLESIA DE SARDES

CAPÍTULO III - Versículos Siete al Trece: MENSAJE A LA IGLESIA DE FILADELFIA

CAPÍTULO III - Versículos Catorce al Veinte y dos: MENSAJE A LA IGLESIA DE LAODICEA

CAPÍTULO IV: LA GLORIA DE DIOS PADRE TODO PODEROSO

CAPÍTULO V: LA ENTRADA DEL CORDERO A LA GLORIA DE DIOS

CAPÍTULO VI - Versículos Uno al Ocho: LOS CUATRO JINETES DEL APOCALIPSIS

CAPÍTULO VI - Versículos Nueve al Once: EL CLAMOR DE LOS SANTOS MÁRTIRES

CAPÍTULO VI - Versículos Doce al Diez y siete: EL DÍA DE LA IRA DE DIOS Y EL FIN DEL MUNDO

CAPÍTULO VII: LA MULTITUD DE LOS SALVADOS

CAPÍTULO VIII: EL TOQUE DE LAS CUATRO PRIMERAS TROMPETAS DEL APOCALIPSIS

CAPÍTULO IX: EL TOQUE DE LA QUINTA Y SEXTA TROMPETA DEL APOCALIPSIS

CAPÍTULO X: LA PROCLAMACIÓN DE LA SANTA PALABRA DE DIOS

CAPÍTULO XI - Versículos Uno al Catorce: LOS DOS TESTIGOS DEL APOCALIPSIS

CAPÍTULO XI - Versículos Quince al Diez y nueve: EL TOQUE DE LA SÉPTIMA TROMPETA DEL APOCALIPSIS

CAPÍTULO XII: LA MUJER Y EL DRAGÓN

CAPÍTULO XIII: LA BESTIA Y EL FALSO PROFETA

CAPÍTULO XIV: LOS CIENTO CUARENTA Y CUATRO MIL EN EL MONTE SIÓN

CAPÍTULO XV: LAS SIETE COPAS

CAPÍTULO XVI: LAS PROFECÍAS DE LAS SIETE COPAS DEL APOCALIPSIS

CAPÍTULO XVII: BABILONIA, LA GRAN PROSTITUTA

CAPÍTULO XVIII: LA CAÍDA DE LA GRAN BABILONIA

CAPÍTULO XIX: LOS CANTOS EN EL CIELO Y EL TRIUNFO DEL VERBO DE DIOS

CAPÍTULO XX: LOS MIL AÑOS Y EL ÚLTIMO JUICIO

CAPÍTULO XXI y CAPÍTULO XXII: LA NUEVA JERUSALÉN Y EL FINAL DEL APOCALIPSIS

LAS PROFECÍAS DEL FIN DEL MUNDO